Mundial de Mendrisio.
Los análisis y valoraciones deben hacerse con la cabeza fría. La actuación de la selección española ha generado cierta satisfacción, que en mi opinión es cuanto menos cuestionable.
Una medalla es una medalla. Debemos valorarla. Además para Purito es justo premio a años de abnegado trabajo para sus jefes. Pocas veces un premio fue tan merecido. Ahora bien, cuando en un grupo de nueves tienes a tres corredores, el bronce parece un premio menor. Valverde y Samuel decidieron repartirse el trabajo, para el primero Cunego y para el segundo Cancellara (este merecería tema aparte). En su ataque de Joaquín se llevó a Evans y Kolobnev. La diplomacia del ciclismo moderno dicta que si un compañero está por delante no se puede saltar o tirar. Esos pactos absurdos dejaron a España con su hombre más tocado en cabeza, junto con dos rivales de los más fuertes. Por detrás Samuel se mordía las uñas, y Valverde mostraba su debilidad.
España peco de conservadurismo, de vigilar obsesivamente a Cancellara y Cunego, en lugar de pelear por ganar, parecía más preocupada de que no ganasen los demás.
De Santos, seleccionador, no supo decidirse. Las medias tintas suelen acabar mal. Debimos arriesgar con una estrategia. Tirar para llegar en grupo al final y lanzar a Valverde, o dar libertad a Samu para que atacase. Al final ni lo uno ni lo otro, Samuel se guardó los cartuchos para no perjudicar el bronce de Purito. No logramos el oro, pero a compañeros no nos gana nadie.
Por cierto, ganó Evans, su victoria tiene una clara lectura: no hay que rendirse jamás.